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La lluvia invisible

La lluvia invisible

Por: Sebastián Melmoth

Tanta preocupación por el coronavirus terminó alterándome el sueño. Y todo por culpa de esos noticieros de porquería que no hacen otra cosa sino hablar de la maldita pandemia, de la cuarentena obligatoria, de soldados patrullando en los barrios para hacer respetar el toque de queda, del conteo imparable de los muertos como si se tratara de puntos de un videojuego… Ni la música de Vivaldi ha podido hacerme dormir como antes. En cualquier momento de la madrugada despierto sobresaltado, pensando que ya la peste está ahí frente a mi puerta, tocando para entrar…

Tras siete noches de insomnio, se me ocurrió descargar de internet varios audios con sonidos de lluvia. Encendí mi pequeño parlante inalámbrico y apagué la luz. Se escuchaba tan real el ruido de las gotas de agua sobre los charcos, la brisa, los truenos. Poco a poco, me fui durmiendo. De repente apareció en mi sueño el estéril palo de mango de mi terraza, el mismo que durante ocho años no ha dado ni una florecita: la brisa movía suavemente sus ramas, el agua lo mojaba con tanta dulzura que se veía feliz bajo la lluvia imaginaria que brotaba del parlante sobre la mesa de noche. En la mañana, cuando salí a estirar los huesos en la terraza, me asusté porque lo vi más frondoso, sus hojas estaban brillantes y húmedas como si realmente hubiese llovido. Si en estos días de coronavirus no ha caído una sola gota de lluvia en la ciudad…

Hace dos días volví a dormir inquieto, La vecina de al lado murió por la peste. Desperté agitado. Encendí la luz y noté que las ramas del palo de mango han llegado hasta la ventana de mi cuarto en el segundo piso, como si buscaran ansiosas la lluvia que las baña cada noche desde mi parlante…

Estoy casi enloqueciendo. Ya han pasado tres días y los hijos de la difunta no paran de llorar ante un cuerpo que ninguna autoridad ha venido a retirar. Y ese condenado olor a putrefacción que por más que intento no soy capaz de describir…

Ahora murió el vecino de enfrente. Ya militarizaron la cuadra. Estoy nervioso, hasta olvidé poner los audios al acostarme. Retornó la pesadilla del virus ante mi puerta… Estoy empapado de sudor, quiero escapar de la pesadilla, salir a la calle, gritar como loco. No puedo moverme. ¡¿Acaba de encenderse el parlante?! La lluvia invisible inunda mi cuarto otra vez. Unos dedos largos y suaves me acarician el pelo, la frente. Se calma mi agitación. Abro los ojos despacio. Aquí está, sus largos brazos entraron por la ventana. Susurra que me calme. Me acaricia con sus dedos lanceolados. Feliz, me enseña los manguitos tornasolados que mece en su terso follaje…

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