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Los avatares de la pandemia

Los avatares de la pandemia

Por: Vesta Vanhomrigh

Nuestras cabezas sufrieron una transformación lamentable que reflejaba la misma pobreza del cubículo en el que vivíamos. Éramos pantallas andantes; mi papá, sentado en el sofá, no se percataba que su rostro, impregnado de ledes, emitía programas que hablaban día y noche del virus, del entretenimiento, de aprovechar al máximo el tiempo en casa y, entre cada tanto, pasaba propagandas garantizadoras de la pérdida de peso y de la buena salud.

Aún lo veo sufriendo por el dolor de sus venas varicosas cuyo fin sólo es posible a través de las manos de un médico, manos que ahora, dice mamá, están ocupadas aliviando los dolores de aquellos que se encuentran más cerca de la muerte. De igual forma, me ha dicho que no piense en esas cosas, que las vacunas, como la cirugía de papá, tampoco llegarán pronto y que, si llegaren, no seríamos los primeros en recibirlas.

Creo que el exceso de trabajo la ha afligido un poco. También ella se ha transformado en un ordenador lleno de íconos reunidos virtualmente para recibir una clase. No la reconozco; de día se refleja impecablemente feliz, pero, una vez apagada su proyección de buena maestra, recurre todas las tardes a un inhabitual rostro endurecido con el que redacta informes y califica caracteres. Incluso, en otras ocasiones, su voluble figura se disuelve en llanto al enterarse que uno de sus alumnos tuvo que retirarse de la institución por falta de recursos.

En esos momentos es cuando evado a todos y me convierto en un rectángulo táctil que desliza y desliza rostros, amigos, noticias, comentarios, hasta que el placer culposo del ocio me aburre y acudo a mi abuela. Ella es la única que sigue tan intacta como antes de la pandemia… tan intacta que no se mueve, no reacciona cuando la llamo. Me tiendo a su regazo; no respira. —¡Abuela! —le grito, pero ella no responde.

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