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La cuarentena de los atunes

La cuarentena de los atunes

Por: Fuegoblanco

No voy a darles la razón a todos los que llegué a contradecir en su momento por mi problema. Porque los problemas de un hombre son sus dilemas, sin melindres, sin objeciones y sin esos consuelos que pretenden un inmediato, pero infructuoso, cambio de parecer y accionar. Tampoco diré que la frase cliché ‘’te lo advertí’’, se ha vuelto disfuncional con el paso de las generaciones, pues para cuando me lo advirtieron, un anciano sabiondo utilizó uno de esos refranes que uno aprende a querer con el tránsito de su existencia pero que, a pesar de todo lo que se viva, nunca se desentraña por completo: ‘’Quien quiera comer tierra que cargue su terrón’’.

El día que sonó la melodía alarmante en los noticieros sobre un confinamiento masivo a causa de una enfermedad, trabajaba en un restaurante que servía de escampadero laboral mientras resolvía mi situación vocacional como recién graduado de una licenciatura. Cada viernes, sin falta, se servía pescado con patacones de plátano verde, y justamente era el tercer viernes de la pasantía que llevaba a cabo como mesero licenciado para satisfacer los deseos de unos comensales que para bien o mal con sus caprichos y demandas, eran el pilar de mi sustento económico.

Nunca me gustó el pescado y pensaba en aquellos ingenuos que daban una cantidad de dinero excesiva cada viernes por un espécimen acuático tan repugnante. ¿Cómo era posible disfrutar comer algo que nadaba en sus propios excrementos y que a lo mejor se alimentaba de otras secreciones y desechos de otras especies? Nunca hubiese pensado que personas tan finas -al menos eso pensaba de ellos por su elegante porte y excelso lenguaje- llegaran a tales instancias de la ignominia y la sinrazón. Pero mi disgusto tenía un anclaje en el pasado y ese quizá siempre ha sido mi problema cuando se ha tratado del gusto y el placer que se encuentra en el comer.

De niños solemos comer todo lo que los adultos consideran alimenticio para nuestra condición de crecimiento. Mi padre, un hombre de muchos azares y paradojas vivenciales, decía que el pescado poseía un montón de propiedades que fortificaban el cuerpo humano y le aseguraban una extensión a su finitud. De ahí que encontrara en su caza, venta y distribución un negocio fructífero para asegurar un poco más de dinero dentro de sus finanzas. Cierta ocasión, que recuerdo con escamas, agallas y sangre entre las manos y el rostro, mi padre decidió comprar unas doscientas o trescientas libras de pescado sin arreglar para poderlas comercializar. Entre sus planes estaba el poder limpiarlos en función de venderlos frescos y listos para su preparación. Lo que yo desconocía, es que sería el instrumento clave para su fin: debía retirar las agallas, aún vivas por un color carmesí debido a la sangre que en ellas corrió con mis dedos índice y anular y, con una cuchara suprimir mediante un raspado ortodoxo cualquier brillo de las escamas fastidiosas y minúsculas de sus pieles.

De ese olor nauseabundo a pez muerto, luego de 15 años de baños con agua y jabón, no me he podido deshacer. De lo que sí pude prescindir con convicción, ese mismo día cuando terminé mi odisea, fue de comerme un pez en cualquiera de sus presentaciones. Recuerdo aquel juramento, mientras restregaba mi rostro con una espoja embarrada de jabón, que sentenciaba para mi propio futuro la condena de que nunca, a pesar de las circunstancias o el hambre, volvería a comer un pez.

Recordando el hecho daba gracias a la tierra por la infinidad de cosas que se podían comer y pensaba que con un trabajo podría darle cualquier gusto a mi paladar, sin tener que caer alguna vez en una hambruna mezquina que me hiciera perder mi propio juramento del pasado.

Mientras lustraba mecánicamente una mesa con un trapo curtido por la mugre y la grasa, escuchaba de fondo el anuncio del noticiero que decía que se clausurarían las zonas comerciales y los restaurantes donde se reunieran ciertas cantidades de personas… Nunca pensé en la gravedad del asunto hasta ese viernes, cuando el último que comió caldo de pescado dijo para sí mientras yo le recogía su mesa: ¡Que dios nos ampare!…

Habían pasado algunos viernes más luego de haber escuchado aquel comensal. En efecto, sin restaurantes y sin cabida para las multitudes, mi provisional nicho laboral había colapsado y me encontraba a la deriva en mi propio encierro preventivo. No quería contagiarme con nada, pero poco a poco una enfermedad silenciosa entró a mi ser y a mi hogar: el hambre. Sin dinero ni trabajo, me vi en la necesidad de comer de todo lo que pudiera causar la sensación de llenura, y todo lo que alguna vez me pareció nimio y de mal gusto, empezó a ser un bocado exquisito para apaciguar la agonía de un estómago quieto y expectante a la adversidad.

Recuerdo que, con el paso de unos muchos meses de confinamiento, tenía en un plato pando un poco de arroz refrito, una papa lista para freir dispuestas como julianas y una lata de atún… No sabe el lector cuál es la sensación de un perdedor que debe tragarse su orgullo cuando se ve derrotado por su propia lengua, por su propia negligencia. Iba a romper la promesa que juré defender y como era mi problema, yo mismo debía afrontarlo, sin melindres ni objeciones. En efecto, volví a comer pescado, y aunque era procesado, seguía teniendo ese olor nauseabundo que para mi bien, podía evitarse al revolverlo con el aroma del arroz refrito y unas gotas de limón.

Varias veces sucumbí ante el placer de sentirme a gusto con mi enfermedad producto de la desgracia que había caído en toda la humanidad. El hambre es la maldición que te mata poco a poco y que, para sorpresa del más próspero, comienza por las facultades éticas y morales. De este suceso rescato aquella expresión de mi madre que, luego de muchas latas de atún (pues era barato y llenaba considerablemente) gritó desesperada por su reiterado consumo: ¡Esta es la cuarentena de los atunes! Lo que de alguna manera me llevó a pensar que si ella, tan hábil para preparar tan infinita variedad de platos, se sentía desesperada, qué podía esperar de mí, del mundo, que me habían acorralado a sentirme otro, a saberme diferente y más humilde frente a mi condición tan precaria en la adversidad. Cuando uno se pone a pensar, que así como los atunes, tan libres en el mar y de tan diferentes colores, los seres humanos somos tan únicos como nuestros devenires e historias. A lo mejor en estos momentos somos como los atunes: tan libres y caprichosos naturalmente, llenos de agallas y escamas, pero tan frágiles como para quedar dentro de una lata que, aunque hace las veces de cárcel, no nos quita la suerte de que estamos o estuvimos vivos. Este mar llamado vida y nuestro hogar, es tan vasto, que nos enseña algo tan básico como que la libertad, por ilimitada que sea, nos demuestra que el valor de cada gesto y expresión en su nombre, es unívoco mientras nosotros mismos cambiamos nuestras percepciones y experiencias. Por eso, aquel que coma tierra, no solo que cargue su terrón, sino que también que esté dispuesto a probar la divergencia que hay en otras tierras.

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